jueves, 30 de mayo de 2013

Cómo ser buenos

Breve comentario sobre De jueves a domingo, la primera película de Dominga Sotomayor 

Txt. Casandra Scaroni

La opera prima de la chilena Dominga Sotomayor, transcurre casi en su totalidad en un auto.  Para ser más exactos transcurre en el auto de una familia, en los días en los que viajan por Chile en una suerte de mini vacaciones en busca de un terreno que le  perteneció a la familia del padre hace algunos años. 

 A lo largo de estos cuatro días que dan nombre a la película pasan muchas cosas: la confirmación del fin de un matrimonio y quizás un primer deslumbramiento de una nena  con el sexo opuesto. También pasan muchas otras cosas menos determinantes como  comer unas hamburguesas compradas en una rotisería en la ruta,  meter la cabeza abajo del agua en un lago o robar unas naranjas de un árbol de un vecino. 

El auto, y más tarde también las distintas paradas en la montaña, son vistos desde la mirada de Lucía, la hija mayor de esta familia  al borde del desmembramiento. Es por eso que este espacio reducido que es el coche familiar, parezca tan amplio, porque hay que decirlo: si hay algo que no hay en De jueves a domingo es opresión. Sí existe la melancolía, el miedo (“me da susto” dice Lucía) y hasta la violencia (en algún dedo machacado por accidente), pero no la opresión. Es que Lucía - que está en el límite entre ser una nena que juega con su hermano a adivinar personas (una especie de veo - veo)  y una adolescente que escucha y decodifica las conversaciones de los padres cuando, por ejemplo, hablan en inglés para que no los entienda-  parece elegir cuando ser una nena que canta orgullosa canciones pop latinas de los 80 para deleitar a sus papás, y cuando ser testigo de la amargura del mundo adulto. En ese vaivén de Lucía, en ese poder elegir aún no ser responsable, y también en su inocencia, está la luminosidad de la película.


De jueves a domingo es más que la suma de momentos y lugares reconocibles para cualquiera que haya sido  o sea parte de una familia. Ahí está la escena en la que Lucía agarra por primera vez el volante con toda su familia atrás empujando  el auto para mostrar que la película de Dominga Sotomayor  es también un cuento sobre la pertenencia, y sobre  esos lazos que son, después de todo, irrompibles.  

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