jueves, 25 de abril de 2013

Beautiful Losers


Cultra adelanta Promised Land, la nueva película de Gus Van Sant (con spoiler pero no tanto).

Txt Casandra Scaroni 

Hay una máxima en el cine que dice que ciertos directores no pueden hacer una mala película. Si esto es cierto entonces Gus Van Sant tiene que estar entre los primeros de esa lista de privilegiados. Es que el director de películas como Good Will Hunting y My Own Private Idaho, puede ir y venir a su antojo del mainstream más prolijito y poco incomodo como Milk, hasta la más experimental Gerry, y salir siempre bien parado. 

Claro que su carrera tiene altas y bajas, pero una película no tan buena de Gus Van Sant sigue siendo mucho más interesante que la media  de los estreno  que cada jueves se amontonan en la cartelera, porque  siempre va a estar presente en sus películas esa belleza particular y melancólica de sus personajes: el  protagonista medio lumpen de Mala Noche, con su remera rota en la espalda, o el chico de Elephant, con su pelo tan rubio y brillante  caminando por los pasillos del colegio, y ese beso torpe dado al pasar. Son adolescentes o jóvenes en un estado de pureza que se ve siempre pervertida por un entorno que no los protege. No importa si es Michael Pitt interpretando los últimos días de Kurt Cobain, o la chica medio gordita que corre en su clase de gimnasia mirando al cielo en Elephant, o River Phoenix, con su vulnerabilidad a flor de piel pidiendo ser amado por un reacio Keanu Reeves, todos son una suerte de niños perdidos tratando de encontrar su lugar en una sociedad que los expulsa.

En su última película, en la que vuelve a dirigir un guión de Matt Damon  como en Good Will Hunting (esta vez con la colaboración de John Krasinsky, el chico lindo de The Office), Van Sant  cuenta la historia de Steve (Damon),  un empleado de una compañía de gas natural que tiene que convencer a los vecinos de un pueblo  de que les permitan intervenir la tierra con un proceso de extracción. En el medio aparece un ecologista que se opone a la intervención porque, como muestra con pruebas y fotos, el uso de químicos mata todo lo que está alrededor. Que el director ponga espectador del lado de  Steve no es, por supuesto, arbitrario.  Es que Steve, se ve desde el comienzo, es otro de los niños perdidos de Van Sant, y así se lo observa en su pelea consigo mismo diciendo a quien lo quiera escuchar que él es un buen tipo, que él no es de los malos. La diferencia, y quizás por eso esta sea la película más rebelde del director, es que Steve hace un recorrido a la inversa. Él no está en la senda de los outsiders de la sociedad, pero elige dudar y buscar alternativas. La decisión final de Steve no es una salida simplista, ni es el final de la película una fábula moral sino que es el final de una película sincera sobre lo difícil que es sobrevivir en un mundo corrompido. Es, claro está, una película de Gus Van Sant.

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